Isonomía




Hasta aquella sala de prensa atestada de periodistas se presentó la ministra, Gaya Garmelian, escoltada a su derecha por la secretaria del ministerio y a la izquierda por el jefe de gabinete. Rostros serios, excepto en la ministra, quien esbozaba una sonrisa que denotaba victoria. Tenía razones para estar feliz, su proyecto de ley, llamada la ley de la “Isonomía”, había sido respaldada por casi todo el gabinete de ministros y siendo que su partido ostentaba mayoría en el parlamento, tenía todas las bazas para salir adelante.  
  
Aquella ley, no exenta de polémica, había creado tal expectación, que los periodistas reunidos allí estaban ansiosos por bombardear a la ministra con toda clase de preguntas. Y no solo por cuestiones no entendidas, sino críticas solapadas, ya que desde algunos sectores tradicionales y conservadores, había ciertas molestias. En realidad, algunos puntos de esa ley eran considerados casi como una afrenta contra los principios tradicionales de la república, sin embargo, ella, lejos de temer que esta rueda de prensa se convirtiera en un interrogatorio en forma de ataques, ella se sentía segura de sí misma y no iba dudar en responder pacientemente a toda cuestión que allí se plantease.  Tras una breve explicación de lo que la ley incluía, y cómo se darían los pasos para aplicarla en todos los estados de la república, llegó el momento de la prensa para formular sus preguntas.

-Señora ministra, soy Gregor Portier del “Nacional” ¿No cree que hay problemas más acuciantes en nuestro país, como la pobreza, el paro y la delincuencia, para sacar edictos que solo crean discordia?

-Bueno –responde la ministra– tenemos muchos problemas graves, como usted dice, pero mi ministerio no es competente en esos asuntos que usted plantea, para eso están los ministros de economía, de trabajo y de seguridad, pregúntele usted a ellos. Por otro lado, en lo que respecta a esta ley, precisamente lo que busca es que haya más concordia entre los diferentes sexos y una igualdad de género que hasta ahora no se daba en nuestra nación.

-Ministra Gamerlian, soy Alanis del “Noticiero estatal”. Al hilo de lo que planteaba el anterior compañero. ¿No cree qué se criticará que se destinen fondos para una ley de este tipo, cuando hay otras muchas necesidades más acuciantes en nuestro país?

-Buena pregunta, le diré una cosa, esta ley se ajusta al presupuesto previsto este año para mi ministerio, es más, su aplicación no conllevará apenas gastos, pues salvo en las campañas de información en prensa y televisión, no prevemos más gastos que los imprescindibles. Es más, antes, para casarse, había una serie de trámites que, sobre todo las mujeres debían hacer para adoptar apellido del marido, cosa que ahora ninguno de los dos conyugues tendrá que realizar, será una simplificación. 

-Señora ministra, Néstor del “Tribuna de noticias”.  ¿No cree que dentro de esta ley, hay cosas que pueden crear muchos enfrentamientos en las familias?

-Bueno, como se ha explicado, no es algo que se vaya a aplicar con carácter retroactivo, salvo los que voluntariamente lo deseen hacer. Aplicará a las generaciones futuras, a los niños que nazcan en los próximos meses. Por tanto, no veo dónde puedan estar esas complicaciones, ni los enfrentamientos.

-Buenas tardes ministra Gamerlian, habla Elías Patrit del Canal 7. ¿Se da cuenta de que esta ley discrimina a los hombres por cuanto el único privilegio que teníamos con respecto a nuestros hijos va a ser abolido?

            -De ninguna manera pretende esta ley discriminar a nadie, sino dignificar el papel de quienes llevan la mayor carga en las familias. Consideramos que nuestro país, lleno de madres solteras y abandonadas, de hijos que la sociedad suele llamar despectivamente ilegítimos, solo por el hecho de haber nacido sin padre, hijos de mujeres violadas, de jovencitas engañadas por personajes sin escrúpulos, seguro que merece que se ordene de una vez este asunto. Por otro lado, es posible que ayude a los padres a tomar conciencia y realmente hacerse responsables de sus familias, algo que por años en nuestro país se echa en falta.

-Señora ministra, soy Florian del Independiente. ¿No suena esto a una maquinación feminista que solo busca imponerse con soberbia a las costumbres y tradiciones de toda la nación? ¿Se trata de alguna venganza? ¿Qué será lo siguiente, la degradación del hombre a una escala inferior?   

-No sabe usted cuánto esperaba que se planteara esta última pregunta. Y si me permiten todos los presentes, para responder a estas tres cuestiones, me voy a extender un poco más y solo así quizás comprendan mejor el por qué de esta ley. Voy a contarles una historia real, algo que sucedió años atrás:
Esta es la historia de una joven, vamos a llamarla Garminia. Nació Garminia en el seno de una familia aparentemente feliz de una bulliciosa ciudad portuaria, donde abundaban las madres solteras con hijos de todos los colores y razas, pues hasta ese puerto llegaban marineros de muchos países que buscaban resarcir sus más bajos instintos y hacerse con cualquiera de las jóvenes de la ciudad, engañándolas, prometiéndoles llevarlas a un país próspero lleno de abundancia, donde junto a ellos tener una vida feliz y no la desgraciada existencia que llevaban en su república bananera. Estos buscaban sobre todo quinceañeras, jóvenes sin experiencia que habían oído las historias de otras chicas que habían tenido la suerte de ser conquistadas por un apuesto caballero del mar, que después las llevó a un paraíso, donde vivían en mansiones con todos los lujos imaginables. Siempre parecían más creíbles aquellas fantásticas historias que la cruda realidad de ver a otras amigas con la juventud truncada por haber sido violadas, o en el mejor de los casos, quedarse preñadas y abandonadas sin más. Y otras, las más guapas, corrían peor suerte, pues eran secuestradas por desalmadas bandas que las llevaban a tierras desconocidas, donde eran obligadas a pagar con su cuerpo el tributo para alcanzar ese “paraíso” prometido que nunca verían.

Los chicos de aquella pobre y a la vez próspera ciudad, corrían mejor suerte, pese a tener que trabajar en la pesca y la carga y descarga de buques, desde muy jóvenes, donde eran explotados por unos armadores sin escrúpulos, pero al menos gozaban de una mínima libertad económica de la que no contaban las chicas. Cierto que a cambio de dedicar interminables jornadas de dura labor, pero al menos se libraban de ser utilizados, vejados y engañados por los pérfidos marineros que se aprovechaban de las niñas del pueblo. 

Hasta esa ciudad, llegó un día Gastón, un hombre de buena familia, que había heredado una próspera empresa de exportación de minerales y que se había desplazado hasta ahí para dar impulso a su compañía y negociar mejores portes para su mercancía. En uno de esos viajes conoció a una joven estudiante de contabilidad, Carma, que acababa de terminar sus estudios y buscaba una oportunidad de poner en práctica sus conocimientos. Sus padres se habían endeudado de por vida para poder dar una buena educación a su única hija y ella no les había defraudado. Para ese tiempo Gastón ya tenía claro que montaría la sede central de su empresa en esa ciudad y por ello buscaba empleados. Ella entró a formar parte de la empresa como becaria, y pronto demostró sus buenas dotes para el control de las finanzas, por lo que fue contratada. Su jefe se fijó en ella, observó su profesionalidad y decidió convertirla en su asesora personal. Desde entonces, Carma empezó a acompañarle a todos sus viajes de negocios y entablaron una relación de amistad muy cercana, que derivó en un amor de novela, apasionado y sentido, y esto al cabo de pocos años les llevó al matrimonio.

Juntos formaron una feliz y envidiada pareja, viajaron a otros países, disfrutaron de una apacible y profunda relación amorosa, y aunque él desde el principio mostraba las cualidades del macho de la zona, dominante, celoso y autoritario, ella lo amaba y se sentía segura bajo su techo. Él la consideraba la mujer perfecta y bella que todo hombre podía desear, nunca le daba razones para albergar celos, por eso la quería con locura. Con el paso de los años decidieron completar su familia. Él, de piel morena, ojos negros azabache, cabellos rizados, y ella un poco más clara de piel, pero de bellos ojos rasgados marrones y de larga cabellera rizada, se prometían como los perfectos padres de un hijo de la tierra. Esperaban un varón, al menos eso fue lo que el médico que la vio en sus primeros meses, les aseguró. Este sería el heredero que más adelante representaría los intereses familiares y administraría la gran fortuna que gracias a la prosperidad de su empresa iban amasando. El niño se llamaría Gastón, como su padre y como su abuelo.

Pero, para sorpresa y estupor de ambos, el destino quiso que de aquel vientre saliera una niña no esperada, y para completar lo que consideraban un infortunio, la pequeña salió rubia, de ojos azules, piel clara y que nada parecía tener que ver con ellos, salvo por algún rasgo en la forma ovalada de los ojos de Carma. 

La madre, conmocionada, no daba crédito a lo que sus ojos contemplaban, lo que debería significar la alegría por ser madre y la dicha de dar a luz a una criatura completa, se iba convirtiendo en preocupación pensando que la niña pudiera padecer alguna enfermedad congénita que la hubiese hecho nacer blanca como las sábanas que cubrían su tierno cuerpo. Y por más que buscaba en el rostro de la pequeña Garminia, no encontraba en ella nada que le recordara a su marido y eso la angustiaba. Mas los médicos le indicaron que todo en ella era sano, no encontraron fallos de pigmentación, ni signos que denotaran albinismo.

Cuando Gastón recibió la doble noticia, se presentó en la sala de partos y sin querer ver a la cara a aquella apenada madre, se limitó a observar con desdén  a la niña, a la cual ni siquiera tocó, cerrando los ojos y haciendo el  gesto de negación, salió indignado de la sala de partos. Como si todo su mundo se hubiese derrumbado aquel nada agraciado día, primero por no recibir al niño anunciado, un varapalo menor que el tiempo podría curar, engendrando un segundo. Mas no fue eso lo que le producía ese profundo dolor que le comprimía el pecho, sino recordar la imagen que en su retina quedó marcada como por fuego, esa pálida piel de aquella criatura que estaba seguro no había salido de su semilla. Un sofocante calor enrojeció su frente, se sentía engañado, humillado ante toda su gente, su reputación por los suelos. No se lo podía creer.

Antes de abandonar el hospital, y como esperando una última oportunidad de que esto fuera un mal entendido, habló con todos los médicos y parturientas, por si no se tratase de algún error y quizás a la hora de separar al niño de la madre alguien lo hubiese cambiado sin darse cuenta. Pero por más que insistió, todos le aseguraron que en aquel preciso momento, solo su hija había sido parida en todo el hospital. Y en la matrona que asistió el parto, no había duda que aquella inocente criatura, blanca como las nubes, era la que había salido de las entrañas de Carma. 

Aceptando aquella dura y humillante realidad, furioso, se prometió a si mismo que jamás daría el apellido a aquella bastarda y que movilizaría a todos sus abogados para arruinar la vida de aquella adúltera que había osado engañarle con desdén. Era mayor el dolor pensando en esta terrible humillación, que todo el amor que pudiera haber albergado por aquella mujer en la que había puesto todo su corazón y que con uno o quien sabe cuántos actos desleales, había destrozado en mil pedazos todo su proyecto de familia.

De nada valieron los juramentos, las lagrimas de desesperación de la muchacha por hacerse creer. Repitiendo mil y una veces que jamás le había sido infiel, jurando por Dios, por su madre y por todo lo más querido, que él siempre había sido su único hombre, el único al que se había entregado, al único que había abierto las puertas de su intimidad, y que tampoco tenía explicación a tal fatídico desenlace. Mas él no la creyó y pronto consiguió el divorcio, invitándola a salir de su casa y de su vida, y logrando que nada de su dinero fuera a parar a aquella niña, ni a la amancebada madre. De nuevo los padres de Carma, los únicos que creían en ella, se gastaron todos sus ahorros y perdieron hasta su casa por aquel juicio y porque de alguna manera se pudiera hacer una prueba de paternidad, siéndoles negado aquel derecho, por la negativa de Gastón y por las dificultades que aquello entrañaba en esa época y en aquel país sin muchos recursos para realizar tal prueba.      

Desde entonces, la vida de Garminia, transcurrió entre las chabolas del extrarradio de la ciudad, donde su madre tuvo que instalarse. El rencor de aquel hombre, logró que todas las puertas se le fueran cerrando, hasta llegar a la pobreza más absoluta. Pero a la niña rubia, hija de la luna, como la llamaban sus compañeros, se la veía feliz, jugando entre charcos, basura y escombros, corriendo y saltando como una más, sin percatarse que era una paria entre las parias. Si bien no era la única de piel clara y ojos verdes de entre los niños sin padre que deambulaban por aquella barriada. Pero su madre se propuso luchar por sacarla adelante, tal como sus progenitores lucharon por ella, lo hizo realizando toda clase de trabajo, por denigrante que fuera, todo para hacer que la muchacha pudiera tener unos buenos estudios que la alejaran de aquel espiral de muerte, delincuencia y prostitución, que prometía aquel lúgubre lugar.

Pero Garminia además de la piel, heredó un don que pronto la llevó a sobresalir entre todos los demás, su inteligencia innata. Al llegar a la secundaria, consiguió sacar las mejores notas de todo el estado y esto llamó la atención de las autoridades que vieron en esta jovencita algo más que una buena estudiante. Un golpe de suerte, de los que pocos en aquel lugar se pudieran dar, hizo que su vida diera un giro, fue cuando una ministra, de visita programada a algunos centros de educación de los barrios marginales del estado para aparentar el interés de su gobierno por la educación de las clases pobres, la llevó hasta el instituto donde Garminia cursaba sus estudios. Esta, al ser informada de la inteligencia y capacidad de la joven, decidió otorgarle como premio, una beca para acceder a la universidad mejor dotada del país, algo impensable en el entrono donde vivía. 

Su decisión de estudiar biología y genética, mucho tenía que ver con la búsqueda de una explicación a su propio ser. Las últimas palabras de su madre antes de morir, poco antes de ella entrar en la universidad, cuando enferma de un mal contagiado por ejercer su humillante trabajo, le estimularon más en su meta: “Hija, hazte un gran nombre, busca un buen apellido para ti y tus hijos, que no sufran tu niñez”.

Deseosa estaba de cumplir con los deseos de su madre, pero recelaba de los hombres, solo veía en ellos egoísmo, violencia y abuso, por eso, ella se propuso hacerse un buen apellido, pero sin la necesidad de aceptar el de ningún marido que se lo impusiese. Y si bien, hasta ese entonces, Garminia no había tenido interés en buscar a su padre biológico, sabía quién era, pero sus planes iban en otra dirección. Siempre había creído la versión de su madre y su propósito era limpiar el nombre de la que le dio a luz y aclarar de una vez por todas, el misterio de su color de piel.  

Unos parientes le contaron algo sobre su bisabuela, de quien se decía que perdió la cabeza esperando a un marinero de alto rango en el puerto, un holandés que nunca volvió. Fueron muchos los años que aquella mujer esperó y no faltó día a día, al atraque de cada barco que llegaba, esperando al que llevaba escrito Gelijkheid en su proa, intentando encontrar al padre de su hijo, con la única obsesión de que este le diera a su hijo su apellido, Vanderhamen, con la creencia de que teniendo ese, le iría mejor en la vida pues el que ella llevaba sonaba demasiado local. Solo los más viejos del lugar conocían aquella historia, pues el hijo apenas heredó rasgos de su padre y fue criado por sus tíos. Mas los detalles recabados fueron suficientes para que Garminia reconstruyera con esos pocos ladrillos su línea genealógica y eso le acercara a la verdad.

Una verdad que la llevó hasta Holanda, cuando aprovechando la ocasión que el prestigio de ser la mejor en su labor y gracias a sus descubrimientos representó a su universidad en un congreso internacional sobre genética. Estando allí, indagó en algunos detalles que la condujeron hasta el origen de su pálida piel. No le costó mucho, pues era conocedora del nombre del barco, de la empresa que lo representaba y del Staff que para aquella época servía en ese puesto, y no le resultó difícil, pues fieles eran en aquella insigne compañía naviera de guardar los archivos de las diferentes tripulaciones que habían conformado los buques más importantes de la compañía, los que cruzaban allende los mares, hasta llegar a las costas de su pobre país.

Cuando se fijó en la foto de su bisabuelo, no le costó nada confirmar que era él, sus ojos y ciertos rasgos físicos lo indicaban, tenía la certeza que ella portaba los genes claves de aquel. Eso la convenció aún más de que la única manera de hacer justicia al nombre de su madre, era llegar hasta el final y a ello dedicó los siguientes años en el instituto de investigaciones donde trabajó. Conquistar después a aquel joven de buena familia, mucho dinero y poca cabeza, no le costó mucho, fue así como pudo descubrir que ella compartía mucha de la genética de su medio hermano rico, llamado como su padre Gastón, y por tanto, le daba la seguridad de ganar el juicio contra aquel viejo magnate de la minería y obligarle a realizarse la prueba de paternidad que una vez se negó a hacer. Los jubilados médicos y la matrona que asistió su nacimiento, aún guardaban en su memoria los detalles suficientes para declarar en el proceso como testigos de peso.

No tuvo más remedio el viejo Gastón que dejarse realizar aquella prueba de paternidad y después de hacerse público y oficial el resultado, aceptar que Garminia era definitivamente su hija. Para su sorpresa, ella rechazó su dinero, la parte de su herencia y el apellido que aquel arrepentido magnate le ofreció al descubrir la injusticia cometida contra la que fue el mayor amor de su vida. Garminia no quería nada de eso, su meta era limpiar el nombre y perpetuar ese apellido que su madre le dio y llevarlo toda la vida.

Y esta es la historia de Garminia, es la que me ha movido a desarrollar esta nueva ley, que ponga las cosas en su sitio. Que consiga realmente la igualdad que se busca entre hombres y mujeres, por eso se ha decidido que a partir de ahora las niñas que nazcan llevarán el apellido de sus madres y los niños, el del padre. Y solo en el caso de no haber padre reconocido, los hijos varones llevarán por defecto el de su madre. Y créanme, no intentamos con esto borrar la huella del padre, sino hacer un poco de justicia para tantas madres solteras que hacen un gran esfuerzo en cuidar solas a sus hijos y como siempre se dice: No siempre es fácil saber quién es el padre, pero nunca habrá dudas para identificar a una madre. 

             -Señora ministra, soy Edian del Heraldo nacional. Nos ha relatado un cuento entrañable, pero yo creo que no nos ha contado realmente el final de esa historia. Y por otro lado, dígame ¿Qué clase de relación tiene usted con esa tal Garminia de la que nos habló? ¿Por qué lo ocurrido con una desconocida tiene que afectar la vida y el futuro familiar de todos los habitantes del país?  

-Bien, ya que usted ha preguntado, con sincera curiosidad, supongo, y puesto que seguro que todos los presentes desean saber la relación de esta con la que les habla, les pasaré a relatar brevemente el final de esta historia, que por cierto, se darán cuenta que ya conocen:  

Resulta que la joven Garminia, no conforme con aclarar su identidad y dejar en evidencia a su incrédulo padre, quiso ir más allá. Aquella osada mujer, una vez conseguido ese objetivo primario, decidió cambiar su nombre a Gaya, cosa que consiguió con mucho esfuerzo y tenacidad, había muchos papeles y obstáculos legales envueltos en ello. Y pasados unos años, bajo esta nueva identidad decidió introducirse en política, afiliarse a un partido importante, ganar unas elecciones, llegar a ministra, y una vez en ese puesto, lograr cambiar las ancestrales leyes que obligaban a las mujeres a perder su apellido al casarse y no poder pasarlo a sus descendientes. 

Sí, lo reconozco, yo fui una vez aquella hija abandonada por un padre, por nacer con esta apariencia, por una curiosa jugada de los genes. Genes, que saltándose dos generaciones, quisieron mostrarse de improviso. Y todo, por el abuso de uno de aquellos aprovechados, uno que una vez engañó a una joven con la falsa promesa de volver y llevarla consigo al paraíso europeo, esa misma ingenua que esperó y esperó en el puerto, solo para darle un apellido que no tenía derecho a pasar a su hijo, y que lo único que logró fue pasar esos genes a sus descendientes que llegaron hasta mi. 

Y con esto señores y señoras, solo intento cumplir el sueño de mi madre, hacer algo importante con ese nombre y ese apellido que yo, libremente decidí adoptar: Gaya Garmelian, y también llevar a acabo esta ley, en honor a esa otra mujer, aquella de apellido Isonoma, que esperó y esperó en el puerto, ansiando por un hombre que nunca volvió._ 



Inscrita en el registro de propiedad intelectual 
Autor: Luis Ernesto Romera
Num RPI : 1-606-21819-104-3

2 comentarios:

Bori Gomez dijo...

Buenísimo. . gran escritor.. Llega al ❤

marcela ripoll osuna dijo...

Hola Luis , aquí te dejo mi comentario. Lo del regalo no es necesario , ya tengo tu libro ( por duplicado !! jeje ) ;)