Origen y desarrollo de la adoración a Imagenes


Lento desarrollo de un cristianismo que rechazaba la idolatría a una cristandad idolatrica.

El origen de la veneración de imágenes o iconos en la iglesia romana, se debe a una evolución lenta de varias costumbres relacionadas en primer lugar con la atención especial que se dio antaño a los llamados santos. Los mártires, aquellos que según se creía originalmente tendrían una posición especial junto a Cristo, por haber muerto en persecución. Desde el siglo II, se interpretó en las palabras del Apocalipsis, en la que se afirma que aquellos fieles que morían por la persecución tenían una recompensa especial, como algo literal y era por lo tanto la meta de todo cristiano, morir como martir. Por ello surgieron a menudo controversias como las de tiempos de Tertuliano, quíen habló contra los que cedían en tiempos de pruebas y que mas tarde algunos grupos como los donatistas en el siglo IV, fueron separados por las mismas razones, lo contrario de ser martir, es decir ser traidor era el pecado mas gande. Esa controversia se debía en parte porque el ser llamado mártir o haber sufrido martirio, sea que esto haya llevado a la muerte o no, significaba gloria y una posición especial. entre los que le sobrevivían. Poco a poco, se fueron haciendo listas de estos a los que se llamó primero mártires, luego santos, ejemplo de esto tenemos las actas de los mártires de Lión allá por el año 177, en la que se detallan como hazañas los sufrimientos sufridos por los cristianos en esa ciudad.
Por otro lado, hubo casos en los que de forma mas personal a los martirizados se les procuraba dar un entierro digno o incluso mas que eso. Tomemos el caso de Policarpo de Esmirna, de cual martirio se escribió una carta que fue enviada a muchas congregaciones, llamada precisamente "Martirio de Policarpo, en esta obra se trata de dar tal dignidad a la persona de este martie que se llegan a decir expresiones como estas : El fuego, formando una especie de bóveda, rodeó por todos lados el cuerpo del mártir como una muralla, y estaba en medio de la llama no como carne que se abrasa, sino como pan que se cuece o como el oro y la plata que se acendra al horno. Percibíamos un perfume tan intenso como si se levantase una nube de incienso o de cualquier otro aroma precioso. Tambien en otra parte del escrito se afirma que la sangre brotada del cuerpo de Policarpo apagó el fuego de la hoguera en la que pretendían quemarlo. Se trata de las primeras claras exageraciones sobre martirios que se connocen.
Posteriormente se continuo con la idea de que estos martires recibían privilegios especiales en el cielo. Ya en el siglo III, en algunos lugares aparecen inscripciones en las que se hace mención de estos mártires como mediadores en el cielo entre los vivos y Dios. Hipolito en su escrito In Dianelem, reconoce esta idea, aunque de ninguna manera la relaciona con la veneración u oración directa a estos para actuar de mediadores, sino mas bien Hipolito transmite la idea de que estos actúan como mediadores voluntarios una vez son resucitados en el cielo. En aquellos tiempos etodavía era inconcebible la construcción de imágenes o iconos de estos llamados mártires, máxime cuando ellos precisamente morían por no rendir culto o veneración a la imagen del emperador, eso era considerado idolatría.
Tampoco podemos incluir en esta disputa sobre la veneración de imágenes, los dibujos o escenas bíblicas que aparecen en las catacumbas utilizadas como refugio de cristianos del siglo III, aquellas imágenes dibujadas mas bien eran utilizadas en la labor de enseñanza, pues muy a menudo aparecen imágenes de profetas, apóstoles, de Cristo, de la madre de Jesús, escenas del nacimiento y otras que representan momentos claves de la vida de Jesús, en algunas ocasiones también se hicieron representaciones simbólicas de Jesús, como la de un pez, pero de ninguna manera con intenciones idolatras.
A principios del siglo IV E.C., en Elvira, España, un grupo de obispos, liderado por el famoso Osio de Córdoba, formuló resoluciones importantes contra la veneración de imágenes. En ese famoso Concilio de Elvira en el canon 36 se dispuso de forma clara la prohibición de las imágenes en las iglesias y se impusieron sanciones severas a sus adoradores. Según algunos expertos aquello se trataba de medidas preventivas, para evitar que los cristianos provenientes del paganismo pudieran verse tentados a recaer en la idolatría, o que fuera piedra de tropiezo para estos, que tras abandonar la idolatría de sus anteriores religiones ahora vieran con malos ojos algunos excesos supersticiosos que, se podrían dar, si no se controlaba el uso de las imagenes, por ello esas practicas no estaban aprobadas de ninguna manera por la autoridad de la iglesia.

CAMBIOS A PARTIR DE NICEA

Esto fue así para antes del concilio de Nicea y posiblemente antes del edicto de Milán. Por lo tanto hasta ese año, todos los cristianismos, exceptuando algunos grupos gnósticos como los de Básilides, se habían postulado contra la veneración de imágenes, incluidas la de Cristo, María y cualquiera de los apóstoles o mártires de siglos atrás.
En realidad, fue a raíz de tener el apoyo imperial con Constantino primero y luego con sus descendientes, que se pasó de dar distinción especial, a dedicar templos cristianos a algunos de estos santos mártires. Con el tiempo se empezó a erigir monumentos para eliminar los de los anteriores dioses paganos.
Juan Crisostomo, en la segunda mitad del siglo IV escribió lo siguiente : Qué espléndida y gozosa se nos ofrece hoy la ciudad! ¡Qué maravilloso este día, sobre todos los del año! No porque el sol derrame sobre la tierra fulgores más brillantes que nunca, sino por el resplandor de los Santos Mártires, que alumbran la ciudad más que el relámpago… Por su causa la tierra se muestra hoy más hermosa que el mismo cielo".
Pero en algunos lugares se empezó a ir mas lejos, al introducir algunas de estas estatuas o monumentos dentro de las iglesias, en algunos casos en imitación a los antiguos templos paganos. Prueba de ello es que para finales del siglo IV, Epifanio de Salamina, quien fuera el principal oponente al origenismo, escribió hacia el año 394 un breve pero tajante documento, en el que califica de idolatría, la edificación de imágenes dentro de los templos cristianos, o las imagenes pintadas, indicando que aquello se estaba empezando a convertir en una costumbre, curiosamente nacida en oriente. Ese mismo año dirige una carta al emperador Teodosio I sugiriendo que sean retiradas. En una carta a Juan obispo de Jerusalén, el mismo Epifanio, relata una experiencia ocurrida en Palestina cuando entró en una iglesia y vio colgadas cortinas con imágenes, el comenta así su reacción : hallé allí una cortina colgada en las puertas de la citada iglesia, teñida y bordada. Tenía una imagen de Cristo o de uno de los santos; no recuerdo precisamente de quién era la imagen. Viendo esto, y oponiéndome a que la imagen de un hombre fuese colgada en la iglesia de Cristo, contrariamente a la enseñanza de las Escrituras, la desgarré ..."(Jerónimo, Epist. 51:9)
En esa misma misiva, citada por cierto por Jéronimo el autor de la Vulgata, Epifanio aconseja a Juan que exhorte a los responsables para que no se cuelguen cortinados de esa clase en ninguna Iglesia,, y continúa así : "Un hombre de tu rectitud debiera ser cuidadoso en quitar una ocasión de ofensa, indigna por igual de la Iglesia de Cristo como de aquellos cristianos que están confiados a tu cargo." (Jéronimo Epist 51:9)
También liderando la oposición a la idolatría, dejó de forma póstuma una carta en el que ordena a sus fieles que nunca coloquen imágenes en las iglesias ni en los cementerios.
El propio Eusebio de Cesarea escribió lo siguiente haciendo referencia a la costumbre de introducir imágenes de Cristo en este caso en la ciudad de Paneas : Y no es extraño que hayan esto aquellos paganos de otro tiempo que recibieron algún beneficio de nuestro Salvador, cuando hemos indagado que se conservaban pintadas en cuadros las imágenes de sus apóstoles Pablo y Pedro, e incluso del mismo Cristo, cosa natural, pues los antiguos tenían por costumbre honrarlos de este modo, sin miramiento, como a salvadores, según el uso pagano vigente entre ellos." (Historia Eclesiástica libro 7,18:4)
En el siglo V Agustín de Hipona también escribe de forma un tanto velada, pero lo hace, contra el uso de imágenes en la adoración : No reúnas contra mí a los profesantes del nombre cristiano, quienes ni conocen ni dan evidencia del poder de su profesión... Sé que hay muchos adoradores de tumbas y de pinturas ... Ni es sorprendente que entre tantas multitudes [de cristianos] hayas de encontrar algunos por la condenación de cuya vida puedas engañar a los incautos y seducirlos [para sacarlos] de la seguridad católica." (De Moribus, 34:75).
Pero la controversia sobre el uso o no de imágenes en las iglesias se mantuvo durante los siguientes siglos, poco a poco en la cristiandad se fue imponiendo esa costumbre, su defensores argüían que se trataba de maneras de enseñar, sobre todo porque la población mayoritaria en los siguientes siglos no tenían acceso a la escritura y lectura y por lo tanto se hizo necesario incluir en las iglesias imágenes o pinturas de escenas que de alguna manera sirvieran para la enseñanza de los incultos.
Así lo defendía en el siglo VI el llamado Gregorio Magno, quien escribió lo siguiente en defensa del uso de imágenes en las iglesias y contra los que luchaban por evitar su uso : Hemos sabido, hermano, que habiendo observado a algunas personas adorando imágenes, habéis destruido y arrojado esas imágenes de las iglesias. Os alabamos por haberos mostrado celoso ya que nada hecho de manos debe ser adorado, pero somos de la opinión que no debíais haber roto estas imágenes. La razón por la que se usan las representaciones en las iglesias es la de que aquellos que son iletrados puedan leer en las paredes lo que no pueden leer en los libros. Por tanto, hermano, debíais haberlas conservado, prohibiendo al mismo tiempo al pueblo que las adorase." (Epístola 7,2:3).
Claro que de ese inofensivo uso que Gregorio defendía, a la veneración de imágenes había solo un paso, pues poco después otro papa, en este caso uno llamado Constantino allá por el año 715 inicia la costumbre de besar los pies de una estatua de bronce de Pedro sentado con las llaves en una de sus manos. Costumbre que continuó durante siglos, (la susodicha imagen todavía existe, se encuentra en la Basílica de San Pedro en el Vaticano).
Así, esa explicación educativa expuesta por Gregorio posiblemente solo podía ser aplicada a la iglesia más occidental y tomada con cautela. En oriente las cosas iban por otro lado, pues poco después sobre todo en Bizancio, se extendió la costumbre también de dar besos a las imágenes al entrar a las iglesias, hacer reverencias al encontrarse con estas, poner cirios encendidos delante de las imágenes sobre todo de Cristo y de María, o colocar incensarios encendidos ante las estatuas o pinturas. Era lógico por otro lado que surgieran allí esas maneras, pues para los griegos era costumbre reverenciar a emperadores y autoridades civiles con tales formalismos, algunos concluyendo que las imágenes representan a la máximas autoridades de su religión, ¿Porqué no había de darsele tal reverencia?
Por ello, la lucha contra esas formas de adoración que rozaban la idolatría, surgió sobre todo en esta parte y no fue entendida en todo el ámbito de la cristiandad. Así surgió el llamado movimiento iconoclasta en oposición al iconólatra.
La palabra "iconoclasta" viene de las palabras griegas eikon, que significa "imagen", y klastes, que significa "rompedor". Como su nombre lo indica, aquel movimiento contra las imágenes significó la eliminación y destrucción de imágenes, al principio en imitación de aquel drástico Epifanio del siglo IV, surgieron miembros que no solo levantaron la voz contra el auge de la idolatría en Bizancio, sino que iban de iglesia en iglesia destruyendo las imágenes y raspando las pinturas. Poco a poco este movimiento se fue diseminando por toda Europa y surgieron los defensores a ultranza de la utilización de iconos o imágenes, que fueron llamados iconólatras por los opositores. Curiosamente desde Constantinopla fueron los emperadores quienes se erigieron en defensores del movimiento iconoclasta. Se dictaron leyes contra las imágenes para eliminarlas de la adoración. La veneración de imágenes se convirtió en una acalorada cuestión política en la que se mezcló en una verdadera guerra teológica entre emperadores y papas, generales y obispos.
Mientras occidente con Roma a la cabeza y los sucesivos poderosos obispos-papas, apoyaban o defendían a veces con sigilo, o solapadamente, otras con más vehemencia, la postura iconólatra, en Bizancio por oposición política con occidente fueron los iconoclastas quienes se vieron apoyados. Este hecho queda demostrado por lo sucedido allá por el año 735, cuando León III, el azote de judíos y montanistas, emitió decretos contra las imágenes imponiendo el llamado Edicto de Constantinopla mientras Gregorio II, movió a las masas contra el decreto, expulsando de las iglesias a los iconoclastas. Después otro Gregorio el III, convocó un sínodo especial en el que se acusó de herejía a los enemigos de las imágenes. En respuesta León III, arrebató a los obispos de la Italia meridional y de Sicilia del control del papa romano, trasladándola a la del obispo o papa de Constantinopla, colocando los cimientos de lo que mas adelante fue el cisma de oriente.
No quedando la cosa allí, Gregorio III, en desafiante respuesta al emperador bizantino y a los iconoclastas de oriente, ordenó la multiplicación de las imágenes en las iglesias, construyendo también una capilla especial para la veneración de reliquias 'sagradas'." Dando origen así a la aparición de estas reliquias por todas partes, reliquias que fueron utilizadas cual amuletos durante toda la edad media.
Se convocó un concilio, en Hiereia por Constantino V, hijo y sucesor de León III en el año 754. Allí tras escuchar y discutir los argumentos de los partidarios de las imágenes, se estableció que los únicos símbolos del culto cristiano deberían ser el pan y el vino de la pascua. Los iconólatras fueron excomulgados, y se prohibió el uso de imágenes tanto privado como público. Pero eso parece ser que fue aplicado solo en el ámbito del imperio bizantino, no así en occidente, donde auspiciados por los obispos romanos se continuo con su uso.
Por fin en el año 787 se convocó un concilio, esta vez mayoritariamente apoyado por los iconlatras occidentales, curiosamente en Nicea, donde se discutió largo y tendido sobre el asunto de las imágenes con el fin de poner fin a tan larga controversia. Pero al igual que sucediera en el 325, no ganó la postura mas natural o lógica, si nos atenemos a lo que dicen las escrituras sobre esto. En definitiva lo que se vino a decir fue lo siguiente : Entrando, como si dijéramos, por el camino real, siguiendo la enseñanza divinamente inspirada de nuestros Santos Padres, y la tradición de la Iglesia Católica pues reconocemos que ella pertenece al Espíritu Santo, que en ella habita, definimos con toda exactitud y cuidado que de modo semejante a la imagen de la preciosa y vivificante cruz han de exponerse las sagradas y santas imágenes, tanto las pintadas como las de mosaico y de otra materia conveniente, en las santas iglesias de Dios, en los sagrados vasos y ornamentos, en las paredes y cuadros, en las casas y caminos, las de nuestro Señor y Dios y Salvador Jesucristo, de la Inmaculada Señora nuestra la santa Madre de Dios, de los preciosos ángeles y de todos los varones santos y venerables. Porque cuanto con más frecuencia son contemplados por medio de su representación en la imagen, tanto más se mueven los que éstas miran al recuerdo y deseo de los originales y a tributarles el saludo y adoración de honor, no ciertamente la latría verdadera que según nuestra fe sólo conviene a la naturaleza divina; sino que como se hace con la figura de la preciosa y vivificante cruz, con los evangelios y con los demás objetos sagrados de culto, se las honre con la ofrenda de incienso y de luces, como fue piadosa costumbre de los antiguos. "Porque el honor de la imagen, se dirige al original", y el que adora una imagen, adora a la persona en ella representada.
Así se aceptan el uso de iconos, aunque indicando que no se rinde adoración a tales imágenes sino a lo que representan, una solución un tanto confusa o poco convincente para los iconoclastas, que al no aceptar tales propuestas o resoluciones, fueron considerados herejes. La prueba que demuestra que ese concilio, como sucediera con el anterior de Nicea, en el asunto de la trinidad, solo vino a dividir aún mas y corromper el ya corrupto cristianismo católico, fue que la controversia continuó por varios siglos hasta el IX. En poco tiempo esa declaración de intenciones en la que se decía que las imágenes no eran adoradas sino solo consideradas sagradas como las escrituras, quedó de mostrado que eran simplemente buenas palabras, pues ello conllevó a la proliferación de iconos, cruces y reliquias, ahora de libre circulación y uso, a las que se le fueron rindiendo culto muy superior al que se le daba a la propia Biblia, que en realidad poco a poco iba siendo esa gran desconocida.
El emperador bizantino Miguel II alrededor del año 825, en su carta a Luis el Piadoso, describe los excesos de los iconólatras: «Ellos han sacado la santa cruz de las iglesias y la han reemplazado por imágenes delante de las cuales queman incienso... Cantan salmos delante de estas imágenes, se postran ante ellas, imploran su ayuda. Muchos visten a las imágenes en ropajes de lino y las escogen como padrinos para sus hijos. Otros que se hacen monjes, abandonando la antigua tradición -según la cual el cabello que es cortado es recibido por alguna persona distinguida- lo dejan caer en las manos de alguna imagen. Algunos sacerdotes raspan la pintura de las imágenes, la mezclan con el pan y el vino consagrados y se lo dan a los fieles. Otros ponen el cuerpo del Señor en las manos de imágenes , de donde es tomado por los comulgantes. Aún otros, despreciando las iglesias, celebran el servicio divino en casas privadas, empleando una imagen como altar (Mansi, XIV, 417-422).»
De esa manera se había convertido la inocente costumbre de recordar a los mártires, o de enseñar por imágenes las escenas bíblicas y sus personajes a casi adorar y venerar de forma directa, dirigiendo oraciones hacia estas, dando pruebas de una clara idolatría, aunque la iglesia sigue sin aceptar esa realidad y continúa insistiendo en que solo es intermediación u honra especial, pero no adoración.