Inocente




Tengo el presentimiento de estar a tan solo unos minutos del final de mi vida, y esta es una premonición basada, no en un abstracto poder extrasensorial que yo posea, ni en ninguna clase de presagio adivinatorio, sino en la constatación que da el conocer por boca de la persona que desde hace años custodia mi vida, de que se va a proceder a mí ejecución. 

Si, tras una larguísima espera, estoy viviendo los últimos momentos en este corredor de la muerte. No sé por qué le llaman así, dicen que porque las celdas que conforman esta sección de la prisión federal están organizadas y preparadas para llevar directo a la muerte a los que aquí se alojan. Sin embargo, algunos nos hemos pasado casi la mitad de nuestras vidas encerrados aquí, entre nueve metros cuadrados de hormigón, sin derecho a compartir con los demás compañeros presos, sin poder apenas tener contacto con el exterior, aislado y alejado de todo lo que sucede ahí afuera. Muchos la consideran una tortura, pero esta ha sido mi vida en los últimos años, fuera de aquí apenas recuerdo cómo se vive y realmente no deseo que esto acabe así.

A menudo, en todos estos años me han realizado exámenes psiquiátricos regulares por si padezco el síndrome del hombre muerto, como le llaman por aquí, pero nunca he sentido que haya perdido la cabeza, ni tampoco tengo ganas de morir. Tampoco me he convertido en un iluminado, como otros, que de repente dicen recibir a Cristo, escuchan “voces del señor”, o cosas por el estilo, yo no. Me siento lúcido como el primer día, he intentado que la vida extra que me ha proporcionado esta larga espera no haya sido en balde, he aprovechado bien mi tiempo, he leído todo libro que ha llegado a mis manos, y he escrito varios, que espero que tras mi muerte sean publicados. Ni siquiera tendré el derecho de disfrutar de la satisfacción de saber que alguien me lee, pero no me importa, estoy seguro que alguien lo hará y sabrá valorar lo escrito por un muerto. Ayer rechacé la visita del vicario de la prisión, que pretendía darme la extremaunción, y lo he hecho, no porque yo sea ateo, sino porque no creo en él. Si realmente representa a un Dios de amor, haría todo lo posible por librarme de esto y no estaría confabulado con los poderes haciéndole el juego y pretendiendo liberar algo tan impreciso como mi alma.

       Lamentablemente para mí, la frialdad con la que he llevado este tormento me señala como culpable y encima, no arrepentido. No haber querido declararme esquizofrénico o con mentalidad psicótica o doble personalidad, como mi abogado quería que hiciera en aquel juicio, fue un error según él, pero era la verdad, nunca he estado loco, ni tengo ninguna clase de desviación mental, ni desdoblamiento de personalidad, yo era como era y ahora soy como soy, inocente.

         Sencillamente no tuve cortada creíble que me librara en el juicio, y las imágenes de la grabación que las cámaras registraron, hasta a mi me confundieron, ese rostro era idéntico al mío, aunque no era yo. De hecho, si no fuese porque estoy convencido de mi inocencia, y si yo hubiese sido el juez, es hasta posible que me hubiese declarado culpable, pero mi conciencia tiene claro que yo no fui el que cometí ese terrible crimen. Es verdad que en mi vida no he sido del todo honrado, de eso me arrepiento. Tenía amistades que no eran las mejores, cometí ciertos robos que me castigaron mentalmente, tanto que hasta devolví en más de alguna ocasión las mercancías robadas, eso ninguno de la banda lo sabe y nadie me cree cuando lo cuento.


Lo que si confieso es que todo lo hice por ti, tú eras la chica del grupo, aquella muchacha que con un solo guiño me conquistó y me llevó a arrastrarme detrás de ti como un perrito faldero. Pequé de ingenuo pensando que hacerme el gallito contigo me acercaría y me haría ganar puntos. ¡Qué equivocado estaba! ¿De qué me sirvió tanta actuación? Vale que te conseguí por un día, pero luego te perdí para siempre. Más no te culpo de nada, ni siquiera del hecho de que declararas que yo formaba parte de la banda y que ese día participé de un robo. Te equivocaste de fecha, lugar y de todo, pero reconozco que eras muy despistada. Más culpable fue aquel repugnante hermano tuyo que te manejaba a su antojo y que estoy seguro fue quien cometió el asesinato. Cuando nos vimos en el careo, me hubiese gustado decirte: Cariño, yo no estuve allí, ni tú. Pero no tuve valor, las amenazas me retuvieron, no porque temiera por mi vida, sino por la tuya, y eso tuvo suficiente peso para firmar mi culpabilidad. De nada sirvió reafirmar que no conocía a aquel pobre hombre inválido, y que ni siquiera tuve oportunidad de verle.

Ahora aquí estoy, a pocos minutos de decir adiós a este mundo y ni siquiera, como último deseo, me conceden el derecho a despedirme personalmente de ti. Según me comentan, tú estás encerrada en otro lugar, ni siquiera sé dónde. Aunque realmente ¿qué importa eso ya? Es posible que pienses que ya no existo, o tal vez ahora ni te interese, y eso es lo que más me duele. Al menos moriré sabiendo que pude besar intensamente al único amor de mi vida y pude gozar de tenerte cerca aquel inolvidable día, cuando te entregaste a mí. Aunque aquella misma noche nos separaron para siempre cuando nos detuvieron. Volver a repetir esa experiencia ha sido mi última y única petición, conseguirlo habría calmado mi angustia, y quizás me habría ayudado a afrontar con otra mirada a la muerte, pero esta justicia tan injusta me ha privado de ese consuelo.

En fin, tal vez ya ni me recuerdes, han pasado quince años, los que llevo en este lugar, esperando mi turno, no sabía que para ajusticiar a alguien se tuviese que tardar tanto. Antiguamente, al menos así cuentan los libros, se declaraba la sentencia, se anunciaba el veredicto y hasta se mencionaba la hora de ejecución de la condena. A la hora prevista llevaban al patíbulo al reo, se preparaba el verdugo y se cumplía la sentencia, no daba tiempo ni a pensar. Era inhumano se decía, pues cuántas veces el reo no tenía ni abogado defensor, ni juicio justo, eso critican los libros de historia.


Hoy en este país considerado la potencia mundial, el líder en la defensa de la democracia, las libertades y los derechos humanos, se cometen mayores injusticias, como la que se ha hecho conmigo. La pena capital, una muerte por inyección letal es tan cruel o más que cortarme la cabeza y ya está, ni siquiera tengo derecho a exigir otro tipo de muerte, sino la que ellos impongan, y a esto lo llaman una muerte más humana o civilizada, ¡Al carajo tanta civilización! Y ¿desde cuándo es humano un asesinato?

             Si, porque si se supone que alguien mata a un indefenso con ensañamiento, con alevosía, con el propósito firme de darle muerte, es culpable de asesinato, y esto en mi país, en mi estado, se castiga con la pena de muerte.   Y dicho así, parece justo dar muerte a quien da muerte, la antigua ley de ojo por ojo.

          Y yo me pregunto, si a mi han de matarme, estando atado, sin posibilidad de defenderme o protegerme, o sea, en absoluto estado de indefensión, y haciéndolo bajo un plan establecido, organizado previamente, con un claro propósito de quitarme la vida, ¿Qué es esto entonces? ¿No se debería llamar a esto homicidio premeditado? ¿No se debería proceder a acusar de asesinato al guardia que aprieta el botón que me inyectará el veneno? ¿O será más culpable el juez que manda a ejecutarme, o el gobernador que firma la sentencia? ¿O todos ellos por ser colaboradores necesarios?

           Pero si ellos tuviesen que ser ajusticiados por este hecho, quienes ejecuten ese castigo también cargarían con las mismas culpas y los siguientes que se encargaran de castigar a los castigadores, también merecerían la muerte. Esto se convertiría en un círculo vicioso que llevaría a la humanidad a la extinción. Eso me lleva a pensar que en realidad, nadie en este mundo debe tener derecho a ajusticiar a nadie matándole, por muy culpable que se demuestre este, nadie, pues quien lo haga en el nombre de quien sea, se está convirtiendo en un asesino. En todo caso, el único que debería reclamar ese derecho sería el asesinado, la víctima inicial. Pero no puede hacerlo, como es obvio, ¿entonces qué? ¿Deben quedar impunes y con vida aquellos convictos de asesinato? ¿Pueden pagar con años de prisión, comiendo gratis, durmiendo seguros, viviendo protegidos del exterior los criminales? Desde el punto de vista real, es imposible pagar con años de cárcel la pérdida de una vida. 

                A un violador, pederasta o abusador, se le puede castrar, a un ladrón se le puede obligar con trabajos forzados a compensar lo robado, a un defraudador se le puede requisar todos sus bienes y recuperar así lo defraudado. ¿Pero qué se puede hacer para compensar la pérdida de una vida? Solo alguien por encima del hombre puede realmente impartir justicia en esos casos. Para eso están las leyes, afirman algunos, que están por encima del ciudadano y estas amparan el castigo, quienes la ejecutarían serían meras herramientas, como las manos de la justicia y de las leyes, que actúen en estos casos. Así limpian las conciencias los jueces, verdugos, legisladores  y gobernadores que crean y ponen en práctica esas leyes, pues estas no surgen espontáneamente, ni son naturales, como la ley de la gravedad, o las que mueven el universo. Vivimos y morimos al antojo de unos pocos que crean leyes aquí, las aprueban allá, pero no en el otro lado. Lo que aquí es legal en otro lugar está fuera de toda norma, se considera injusto, inhumano.

Pero me quieren castigar a mí, un inocente que no hizo nada, nunca he utilizado un arma, ni siquiera en defensa propia. Si es verdad que la porté, aquella arma con la que se mató a ese individuo tenía mis huellas, porque la recibí aquel mismo día, se me dijo que como prueba de la confianza que la banda depositaba en mí. Esos hipócritas elogios de tu repugnante hermanito, me convencieron de aceptar aquel envenenado regalo, sin saber que esta me llevaría a recibir esta injusta condena. Por eso sé que fue él quien cometió aquel delito, y un criminal anda suelto, mientras paga su pena un inocente, esto es lo que me voy a llevar a mi tumba, ese rencor que me recome las neuronas.  Es paradójico que con la misma fuerza con que te he amado, odie al que es sangre de tu sangre, pero es así, no puedo evitarlo, si a ti te deseo que alcances pronto la libertad, para él solo pido que le llegue el mismo destino que yo voy a tener.


Con cada paso que oigo de los guardias, me estremezco pensando que tal vez sea mi turno, que vengan a por mí, que mencionen mi nombre y digan: “Arthur, ha llegado el momento”. Es el mismo sentimiento que tuve cuando me trajeron aquí, esos primeros días fueron mi peor tortura, pasé noches casi en vela, despertándome a cada ruido, a cada paso o voz por tenue que fuera, con el temor a que eso significara mi final. Después la vida transcurrió con normalidad y aprendí a vivir encerrado aquí, día y noche, sin ver la luz del día, sin ver el azul del cielo, sin poder sentir la lluvia mojar mi cuerpo, pero al menos viviendo y sintiendo que estoy presente, que existo. Está claro que no puedo presumir de no tener miedo a la muerte, siempre he tenido pánico a morir, ahora pienso en ello con más frialdad, pero solo aparentemente, en realidad el que se me desconecte de la realidad, que deje de ser espectador del tiempo, protagonista de mi ser, es algo que me infunde un pavor descontrolado, un desasosiego que me hunde en la más profunda turbación, le tengo verdadera aprensión a la muerte. ¿Qué será de mi cuando me duerman? Dicen que no duele, pero también me cuentan como muchos se convulsionan, tiemblan, babean, síntoma de que nada de dulce tiene esa muerte. Pero no me puedo negar, nada se puede hacer ya por mí, y aunque no voy a esa muerte como cordero al degüello, si pudiera me escaparía, pero reconozco mi impotencia ante lo que se me viene encima, no existir.

Ahora escucho pasos, parecen dos personas. No, son tres. Oigo el timbreo de llaves, alguien que carraspea, los pasos lentos, firmes, pero como no queriendo llegar. Sonidos que me son familiares, decenas de veces he oído el mismo paso ceremonial. Recuerdo que a veces, cuando se acercan a la celda del elegido, se escuchan las reacciones de los condenados, algunos lo hacen con llantos desesperantes, infantiles, como rogando un perdón de última hora que no llega, en otros una risa loca, sin sentido, gritos alegando inocencia, y algunos  rezando lo que saben, pidiendo perdón para los carceleros, como últimas palabras. Pero unos pocos, no esbozan sonrisa, ni llanto, ni claman, tan solo cierran los ojos mientras, en silencio son conducidos al patíbulo.

Mi celda es una de las últimas del pasillo y eso me da unos segundos de propina, los pasos que oigo cada vez con más fuerza, no acaban de acercar a los verdugos, no parecen alcanzar nunca su objetivo, ojalá me equivoque y se lleven a otro. Pero no es así, de repente los tengo delante, con rostros serios indicando despedida. Como un inesperado jarro de agua fría, mis escasas ilusiones se desvanecen cuando las cuatro sombras se detienen frente a mi celda, y una voz profunda, seria, pero comprensiva, pronuncia ese nunca deseado mensaje: Athur, ha llegado el momento.

Con un sentimiento de derrota, de angustia controlada, de vértigo ante lo inevitable, simplemente agacho la cabeza. Cuando abren las puertas de mi celda, hago una negación, pero sumisamente pongo las manos delante, sabiendo que será la última vez que esos barrotes conserven mi vida. Y así en silencio, sin quejarme ni protestar, como otros, sin llorar arrepentido, no tengo razones para hacerlo, pero eso sí, cabizbajo y resignado a mi final, acompaño a los guardias hasta el lugar de mi despedida de este mundo, jurando que miraré fijamente a la cara a todos los testigos de mi muerte, con el único fin de que sobre ellos recaiga la culpa de un imperdonable asesinato a un hombre inocente. Pero mi mente quiero que esté concentrada en los pocos momentos de felicidad que estar contigo me produjeron, aquel único día que me dejaste entrar en tu vida y sentí con tus besos y caricias, que eras mía. Tal vez esa imagen de tu hermoso cuerpo sea el antídoto que convierta este doloroso trance en una muerte dulce, y solo así, aceptaré con dignidad lo que me espera, cuando llegue mi último momento._