El Séptimo Ascensor (Parte 1)







EL SÉPTIMO ASCENSOR


Primera parte

           Era una mañana en las que el tímido sol se escondía entre nubes blancas, nubes vacías que no vaticinaban lluvia, pero que deslucían la vista que Leví lanzaba hacia el cielo intentando alcanzar el techo de aquel rascacielos de 50 plantas que se erguía delante suya. Era la primera vez que le tocaba realizar sus servicios en las oficinas de Camp Visernace, una importante compañía de semiconductores, en la planta 40 del edificio El emperador, en pleno centro financiero de la ciudad. Su jefe le había mandado allí, en suplencia de Ernie, que en ese momento se encontraba de baja por enfermedad. 

            Orgulloso, enseñó al vigilante de la entrada, la tarjeta que le autorizaba a pasar. Observó que apenas faltaban diez minutos de las nueve de la mañana, así que iba a llegar con tiempo de sobra para la siguiente cita de trabajo, que era a las nueve. Tras acercarse al pasillo que daba a los ascensores, Leví hacía un rápido repaso a sus herramientas de trabajo, verificando que nada le faltase en el momento preciso.

            -Vamos a ver, tengo el multimetro, los alicates, detornilladores de palo largo, el juego de llaves torx, las pinzas extractoras y los repuestos de correas, toners, cabezales y demás. Perfecto -se dijo a si mismo satisfecho, mientras cerraba la maleta de herramientas-

            Un vez verificado todo y mientras esperaba el ascensor, Leví, empezó a recordar en ese momento las circunstancias que le había llevado hasta allí. ¡Por fin el privilegio de realizar un trabajo para un cliente importante! Tan solo unos meses antes, estaba a punto de ser despedido por los prejuicios del antiguo jefe de equipo, que le hacía la vida imposible y le imponía horarios y visitas a clientes que le dificultaban poder cumplir su “otra actividad”, poniéndole en la tesitura de elegir o su trabajo o sus ideas. Sin embargo, había sido precisamente eso lo que le hizo experto en realizar trabajos a una velocidad poco habitual, de tal manera que todos los clientes le querían a él, por su eficacia y rapidez. Ahora tras haber cambiado de jefe de equipo, su labor era más valorada y por supuesto agradecía la oportunidad que se le había dado de ir solo a un servicio tan importante para él, las oficinas de aquella multinacional de las finanzas.

            A su derecha, un hombre de negocios miraba de reojo y con cierto desprecio las pintas de obrero mal pagado que llevaba aquel joven técnico en reparación de fotocopiadoras y plotters, mientras él se sentía en un nivel superior, se apretaba la corbata de seda roja que adornaba su caro traje de Versache. A la derecha de este se encontraba Magali, una joven que no dejaba de mover los dedos sobre su Blackberry, enviando y recibiendo mensajes de sus amigas, mientras se dirigía a su oficina en la planta 35, después de haber pasado por correos y de recoger la correspondencia, como parte de su labor en las oficinas de Lamper, un despacho de abogados especializados en derecho inmobiliario. 

            A la izquierda de Leví, esperaba el ascensor, Sylvia, que se despedía de July, una vieja amiga con la que compartía conversación, sin importarle haber perdido por dos ocasiones la oportunidad de subir a unos de los siete ascensores del edificio.

            -A este se le va a caer el pelo -alardeaba de valor, mientras con todo detalle explicaba a su amiga las razones por las que pretendía abandonar a su pareja, Ronald, y sin reparos a que todos los presentes escucharan todas las faltas y debilidades del susodicho Ronald. Y para eso estaba ahí, dispuesta a reunirse en un prestigioso bufete de abogados para aplastar al hombre con el que hasta ese momento había compartido dos años de su vida. En ese instante se presenta Walter, un hombre que se había pasado la vida trabajando para una empresa de seguros, cuyas oficinas centrales se encontraban en la planta 42, a diferencia de Leví, para Walter, ese iba a ser su último día de trabajo, pues había recibido la aprobación para una jubilación anticipada, su débil corazón aquejado de varias operaciones le había obligado a solicitar el retiro a sus 60 años, pues pese a que aparentaba salud, esta pendía de un hilo.   

            Por fin, tras unos largos segundos de espera, se abren las puertas deslizantes del ascensor número cinco. Se habían acumulado más de veinte personas allí, y estaba claro que no todas podían entrar en este habitáculo, preparado para 15. Apenas dio tiempo de bajar a los que salían, cuando los voraces hombres de negocios, brokers y oficinistas se apresuraron a entrar, casi a empujones. En ese momento se abre la puerta del número siete.

            -Vaya, menos mal, nos ha tocado el bueno- suspiró Marc, el hombre de negocios, mientras se colocaba en las primeras filas, a él no le gustaban las esperas, era un hombre de decisiones rápidas, no siempre bien acertadas, pero en lo que a sus negocios se refiere siempre aplicaba su máxima de: “en la bolsa perder un segundo significa perder dos dólares”. 

            -Pues sí, –asentía Walter– esta máquina la han arreglado hace poco, que de haber sido el sexto, todavía estaríamos esperando que se abrieran las puertas,  –añadió–.


            Esperaron a que salieran de este unas 12 personas que bajaban, entre las cuales, se encontraba una joven inmigrante llamada Belinda, de muy buen ver y asustadiza mirada, esta sin embargo retrocedió de nuevo con la intención de volver a entrar en el ascensor, creando un pequeño atasco frente al estresado hombre de negocios que no le cedía el paso.

            -Vamos a ver ¿Se decide usted? ¡O sale o entra! –protestaba Marc, con quien la joven había tropezado–

            -Hay discúlpeme, perdón, es que se me olvidó una cosa. -alegó, mientras rebuscaba en su bolso, sin decidirse a subir a buscar el objeto olvidado o dejarlo-

            -Venga, ¿pero sube o qué? -le reprendió alguien desde atrás, al tiempo que llegaba el ascensor numero 6 y todos los que se encontraban detrás se apresuraron a entrar en el.

            Por fin la mujer entra, a su lado se coloca Leví quien la saluda amablemente, con un tímido y silencioso “buenos días”, bajo la atenta y complaciente sonrisa de Walter, asintiendo sin dejar de admirando la natural belleza de la joven. Mientras Belinda procuraba evitar las miradas desconfiadas y quejumbrosas de los demás, seguía rebuscando en su bolso el objeto perdido. Justamente en el momento en que se iban cerrando las puertas, alguien las sujeta desde fuera y estas se vuelven a abrir, entonces entra Joaquim, un hombre de unos treinta años que vestía chaqueta de cuero y de cuyo cuello sobresalía una vena en tensión que llamaba poderosamente la atención, su rostro de contornos agresivos contrastaba con el tono afable de su voz por lo que nadie se atrevió a recriminarle el atraso después de sus disculpas. Tan solo el gesto impaciente de Marc quien consultaba su reloj mientras resoplaba. Joaquim pasó adelante sin mucha prisa, en cuanto estaba dentro se colocó en su sitio, en la zona más cercana a los pulsadores, tocó el botón de la planta a la que se disponía subir, que era precisamente la misma a la que subía Marc.

            Al final, tras el barullo inicial, tan solo siete personas se subieron a aquel ascensor, aunque tenía una capacidad para 15. Se trataba de un habitáculo bastante amplio, con agarraderas a los lados y bien iluminado, revestido de reluciente metal, aunque sin espejos, pero aquel bien pulido material que lo recubría reflejaba como si tal fuera. 

            En el momento de empezar a subir, el silencio hizo acto de presencia y nadie se atrevía ni a dar un leve suspiro. Todos se miraban de reojo, como si no quisieran contactar ni buscar algo en común para comentar. 

            Levi, meditaba en los primeros recuerdos que tuvo al subir en un ascensor de esas características, fue precisamente la primera vez que llegó a la ciudad, cuando siendo adolescente junto a su hermano se colaron en otro rascacielos y subieron hasta el último piso, teniendo que cambiar varias veces de ascensor para evitar al guardia que los perseguía. No pudo evitar que de su rostro surgiera una sonrisa al pensar en ello, rápidamente apagada cuando Joaquim dirigió su mirada hacia él.         
            Mientras Walter procuraba tranquilizar a la asustada Sylvia que veía como los números de las plantas cambiaban a una velocidad jamás vista por ella, preocupada por si se pasaba de la planta 42 sin dase cuenta, volvía a pulsar el botón correspondiente.

            -Tranquila señora, este ascensor tiene una muy buena memoria. Y como se habrá dado cuenta es de los más veloces, a partir de la planta quinta, sube a la velocidad de más de 10 metros por segundo, los números que ve corriendo son los pisos, no los metros. -explicaba Walter, con voz de seguridad y tranquilidad, que denotaban su experiencia-.

            -Eso es mucho ¿no?  ¿Para qué quieren que suba tan rápido?  ¿Y si le fallan los frenos?

            -No se preocupe, este además es uno de los más seguros del mundo... Aquí trabajan muchas de personas y suben y bajan miles al día.

            Apenas había terminado de hablar Walter, cuando el indicador del ascensor ya marcaba la planta veintisiete, tal como decía él, en apenas veinticinco segundos. De repente, se escucha un impactante estruendo, y un leve pero constante temblor empezaba a estremecer la solida cabina del ascensor, en ese preciso instante se detuvo mientras las luces parpadearon, pero sin llegar a apagarse y sin que las puertas se abrieron. Los gritos controlados de las mujeres surgieron espontáneamente, tras sentirse otro estruendo y una vibración que a las claras indicaba que algo no andaba bien. Sylvia no dudó en abrazarse al hombre que más confianza le inspiraba y Walter no opuso resistencia ante la asustada mujer.

            De repente, mientras el ascensor permanecía  ya varios segundos detenido indicando la planta veintisiete, otra vez la vibración. Todo indicaba que se trataba de un movimiento de tierra, entonces todo se quedó quieto y oscuro, para angustia de algunos de los tripulantes de aquel ascensor. Segundos más tarde volvía la luz a encenderse. El generador de emergencia había saltado y las luces volvieron a brillar, sin embargo el ascensor permanecía detenido, por mucho que Marc, apretaba y apretaba el botón del 39, nada sucedía. Después insistentemente pulsaba el de apertura de puertas.

            -Quiere usted dejar de pulsar, no ve que no funciona, –le recordaba Walter al impaciente hombre de negocios–.
           
            -Vaya ¿y ahora qué?  –preguntó Sylvia, quién tras disculparse, se soltaba de los brazos de Walter–

            -Bueno, habrá que esperar un poco, no se preocupen, eso debe ser que ha saltado el bloqueo de seguridad. –respondió Joaquim, a fin de tranquilizar a los tripulantes–

            -Será un leve temblor de tierra que ha hecho saltar el dispositivo de seguridad -añadió Walter-

            -¿Y por qué no se abren las puertas? –preguntaba con voz temblorosa Belinda–

            -¿Por qué no pulsa el botón de emergencia? –insistía Sylvia–

            -No hace falta, este ascensor tiene cámaras de seguridad que se activan en el momento que se detiene el ascensor o se presiona el botón de emergencia y sistemas automáticos de aviso de avería, así que en recepción ya deben saber que estamos aquí y seguro estarán avisando a algún técnico.

            -No me fio de esos controladores, -replicó Marc, mientras pulsaba el botón de emergencia-

            -Que raro, ¿No debería haberse escuchado un pitido o algo así? –preguntó–

            -Es verdad, no suena –repetía Sylvia, mientras se turnaba con aquel y apretaba de forma impulsiva el botón, pareciendo, por mucho, la más nerviosa de todos los allí presentes–

Marc volvió a pulsar el botón, pero sin ningún resultado, en ese momento Walter recordó que había una especie de intercomunicador, así que pidiendo paso a todos, pulsó el botón de llamada, pero nadie respondía, la falta de sonidos de llamada además les indicaba que aquello parecía que no funcionaba. Eso estaba poniendo aún más nerviosa a Sylvia e impaciente a Marc, mientras la joven Magali, ajena a todo seguía escribiendo con su teléfono sin parar.

            -Haber niña, en vez de estar twitienado ¿Por qué no usas tu teléfono para llamar a alguien allí afuera? –le recriminó Sylvia–

            -¿Y por qué yo? ¿Es que usted no tiene teléfono?

            -Si, pero tu trabajas aquí, o por lo menos eso pone en tu pase o no.

            -Ya, y si resulta que yo no conozco a ningún técnico, ¿A quién llamo?

            -¡Y tú! El de las herramientas, ¿No serás ascensorista? –preguntó Marc un tanto alterado–

            -No, no, yo venía a reparar una fotocopiadora a la planta 40. No sé nada de ascensores

            -Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me dejaría olvidado mi celular? –se recriminaba Belinda en voz baja, mientras no paraba de besar un viejo crucifijo que sacó de su bolso–

            -Bueno, tranquilícense todos, este ascensor es nuevo, ha sido reemplazado hace poco tiempo, es el más seguro de todos y no va a pasar nada porque esperemos unos minutos. –recordó a todos Walter, intentando tranquilizar el ambiente–

            -Este señor tiene razón, estamos en el lugar más seguro del edificio, probablemente haya saltado el bloqueó automático y por ello esté parado, pero es imposible que se caiga, el ascensor tiene cables de acero seguridad de más de 30 milímetros, tan solo uno de ellos es capaz de soportar el peso del ascensor lleno y tiene seis. –explicó Joaquim–

           -Además de indicadores automáticos y cámaras de seguridad. –añadía Walter–

         -Pero el caso es que estamos encerrados aquí y nadie nos responde -replicaba Marc-
           
          -Bueno, en el peor de los casos existe una abertura de emergencia por encima y hay trampillas de salida cada dos metros, así que no hay nada que temer.

          -Usted quien es, ¿cómo sabe tanto de esto? –pregunta Sylvia–.

         -Señora, llevo años viniendo a este edificio, y lo conozco muy bien –respondió Joaquim–

         -Pues yo llevo toda la vida aquí, diría casi desde que se construyó, y juraría que nunca le he visto por aquí –agregó Walter–

            -Yo tampoco le he visto a usted nunca, pero como usted sabe muy bien, aquí trabajan más de dos mil personas, no es nada raro, tampoco es este mi horario normal, hoy he venido digamos, por un asunto excepcional.

            -Tiene razón, joven, aunque tampoco había oído hablar de esos escapes, pero bueno en cualquier caso, si lo que este joven dice es cierto, eso nos debe tranquilizar, ¿no creen?

            -De acuerdo, pero y si nadie viene a sacarnos, ¿Qué puñetas se supone que tenemos que hacer? –replicó Marc–

            -Esperar, caballero, esperar, no es la primera vez que un ascensor falla, normalmente es cuestión de minutos.

            -Menudo día llevo, primero el atasco y ahora esto –se lamentaba Marc–
           
            -Nada vamos a conseguir impacientándonos –recordaba Walter–
           
            -No pueden ustedes hacer nada ¡A mí me espera mi abogado y se me va a pasar la cita!
           
            -¡Tranquilos! Sobre todo usted señora, le repito, nada va ayudar poniéndonos nerviosos ni alterados. Vamos a ver, ¿Alguien tiene el teléfono de la recepción?

            -Si usted que lleva toda la vida aquí no lo tiene, ya me dirá que sabremos los demás
–contesto Sylvia–

            -Que tía más pesada, refunfuñaba en voz baja Magali, mientras de nuevo tomaba su blackberry para ver si recibía algún nuevo mensaje.

            Mientras Joaquim y Walter intentaban poner orden y tranquilizar a Sylvia, Marc lanzaba maldiciones esperando sin resultado que alguien cogiera el teléfono al que estaba llamando, al parecer era el de su secretaria, quien por alguna extraña razón no cogía el móvil, ni el teléfono de la oficina. Leví, un tanto intranquilo por la tensión que por momentos aumentaba en ese grupo de encerrados involuntarios, miraba su móvil en busca de algún número que marcar, o mandar algún mensaje, pero sus amigos vivían lejos. Para que alarmarlos -se dijo- pensó en su jefe, pero ya habían pasado más de diez minutos y no quería que pensara que había llegado más tarde de lo acordado. 

            Por otro lado, Belinda, se seguía lamentando de haber olvidado su teléfono en el apartamento del cliente con el que había pasado toda la noche. Su mirada llena de culpabilidad por un oficio que ni por asomo pensó que llegaría a ejercer cuando llegó a la ciudad. En Medellín había estudiado artes gráficas, pero huyendo de su situación escapó hacia un futuro en el que pudiera desarrollar su vida libre de la persona que tanto daño le había hecho, pero había terminado rebajada a satisfacer los perversos deseos de unos nuevos explotadores. Ahora no sabía que iba a hacer para recuperar su teléfono, sobre todo porque aquel pervertido cliente, aunque era buen pagador, la retuvo durante toda la noche y era capaz de volver a querer algo a cambio del dispositivo.

            Leví la observaba detenidamente, como descubriendo en aquel bello y angelical rostro, la imagen de la angustia. La ojeras indicaban falta de sueño y sus ojos no escondían las marcas del dolor, quién sabe los sufrimientos que aquella muchacha podía guardar en esa mirada. Él también provenía de un país del sur, había vivido una niñez dura, sabía reconocer el sufrimiento en lo rostros, por muy arreglados que fueran. Él había sufrido también desde que era niño, su madre, quien se había dejado embaucar por un hombre veinte años mayor que ella, y que la había abandonado antes de que este viera la luz, tuvo que dejarle con tan solo un año de edad al cuidado de sus familiares, mientras trabajaba sirviendo en una casa, de interna, a mil kilómetros de su ciudad natal. Leví nunca ha querido conocer a aquel padre biológico, que para él no se puede considerar como tal, el sufrimiento que ocasionó a su madre, era suficiente razón para no sentir nada por él.  Pensando en su madre, siempre le llamaba la atención cuando veía a una persona que podía ser compatriota suya y se preguntaba que le habría movido a llegar hasta este lejano país.
           
            ¡Ha sido un terremoto! –grita de repente Magali, mientras lee los mensajes que le envían sus amigas, y las fotos del desastre en algunos puntos de la ciudad–

            -¡No puede ser! –contesta Sylvia– ¡Tengo que llamar a mi hija! -En ese momento saca su teléfono del bolso negro de charol que lleva, pero se da cuenta que lo tiene apagado, pues había olvidado como casi siempre cargarlo antes de salir.

            -Marc, inmediatamente enciende su iPad e intenta ver las noticias en directo. Tan solo han pasado poco más de diez minutos y la noticia todavía no había sido redactada en los periódicos Online. De pronto sienten una réplica, la cabina vibra como si alguien desde fuera estuviese zarandeándola. Son segundos que dejan helados, hasta a los más valientes. El instinto de supervivencia hace que todos se agarren a las barandillas, como si de algo sirviera cuando la cabina del ascensor se soltara en caída libre. Pasaron cinco largos segundos, la luz se volvió a apagar y de nuevo volvió. Todo se calmó, pero como si las casualidades negativas se sumaran a los ya sufridos en ese ascensor, de pronto notaron que algo más impediría su comunicación con el exterior.

            -Maldición, me he quedado sin red –refunfuñaba el nervioso economista–
           
            Leví se da cuenta que tampoco tiene línea en su móvil, así que lo guarda, no sin albergar cierta preocupación e inquietud. Pero vuelve  a consultarlo como por instinto, todos menos Belinda, por no tenerlo y Sylvia sabedora que el suyo ni siquiera encendía. Todos los demás empiezan a observar la cobertura de su móvil, notando el mismo resultado, la señal era nula.
           
            -Lo que nos faltaba, y a nadie se le ocurrió pedir ayuda antes, cuando se podía –les recriminó Sylvia a todos–

            -¡Cállese señora! ¡Que usted tampoco hizo nada! –respondió Marc–

            -Resulta que me quedé sin batería, además de que me servía avisar a nadie, pero anda que usted que trabaja aquí...

            -Yo si mandé un mensaje, creo –indicó Magali–
           
            -Muy bien jovencita, ¿Y a quién avisaste? ¿Llamaste a los bomberos? ¿A seguridad? ¿A la policía? –pregunta Joaquim–

            -No, a una de mis amigas. Le dije que estaba encerrada en un ascensor.

            -Vaya, como no. ¿Pero al menos le indicaste dónde?

            -Bueno no, pero supongo que sabrá que es mi trabajo.
           
            -¿Sabe esa amiga que trabajas en el Emperador?

            -Bueno ella vive lejos, al otro lado de la ciudad, pensaba a decírselo a otras pero no me dio tiempo.

            -¡Dale con el bueno! –refunfuña Marc entre dientes–

            -Está bien, tranquila, has hecho lo que has podido, no te preocupes, todo saldrá bien. –intervino Joaquim, a fin de rebajar la tensión–

            -Gracias

            -Está claro que esto quizás sea más grave de lo que parece, pero tranquilos, este edificio está hecho a prueba de terremotos, ya ha aguantado el del 93 y no pasó nada, ni una grieta –añadió Walter–

            -Pero ¡¿Por qué diablos no se mueve?! ¿No se supone que tenemos generadores automáticos?

            -Si, eso es lo único que me extraña, quizás alguna conexión ha fallado, pero seguro que harán algo para restablecer la energía, en cualquier caso estarán desalojando el edificio y no nos dejarán aquí.

En realidad a Walter había muchas cosas que en el fondo si le preocupaban, primero no era normal que no funcionasen los sistemas de comunicación con la central, tampoco que no sonara el botón de alarma, y que nadie les comunicara nada a través del interfono, sobre todo siendo que había sido revisado y cambiado hacía tan solo una semana. Por ello intentaba localizar la cámara de seguridad que se escondía en la parte alta, junto al indicador de planta, quería asegurarse de que les pudieran ver.

            -¿Qué intenta buscar? –pregunta Joaquim–

            -¡Deje de preguntar y ayúdeme! Hay que levantar esta tapa y debajo está la cámara, voy a ver qué sucede.

            -No creo que sirva de mucho, mejor será que intentemos ver la manera de salir de aquí, ¿por qué no me ayuda a ver como se abre la trampilla superior? -sugiere Joaquim-

            -Pero ¿Cómo cree que podemos trepar por allí?

            -Debería haber una escalerilla de emergencia

            -Si la hubiese sería magnífico, pero no será mejor esperar

            -Solo me asomaré por si hay una escalerilla, seguro conducirá a algún lugar seguro.

            -Si es necesario, saldremos por allí.

            -Vaya, veo que usted conoce bien este ascensor.

            -Si, un poco sé de esto.

            Mientras los dos hombres que mejor mantenían la compostura intentaban buscar soluciones, Marc se había quedado bloqueado, miraba su iPad, sin esperanza alguna, como resignado a que aquel día sería un día perdido, calculando en su mente los miles de dólares que no ganaría. Belinda, mientras tanto rezaba y rezaba, sin soltar el crucifijo, como único recuerdo de su abuela, la única persona que supo comprenderla y tratarla como una persona. 

Sylvia, miraba lo que hacían los dos expertos, como haciéndose una idea de lo que les esperaba, presintiendo que salir por una puertezuela en el techo de un ascensor, a más de 90 metros de altura pudiera ser la única alternativa, pensando en cómo no venirse abajo y demostrar valor y coraje ahora, que como mujer había demostrado tener en otros momentos decisivos de la vida al enfrentarse a un mundo que ella consideraba excesivamente machista, como cuando plantó cara a su ex, demostrándole que no toleraría que le levantara la mano, ni que la tratara como una muñeca de trapo.

            A Leví ese último temblor le hizo brotar de nuevo recuerdos de su niñez, cuando un terremoto asoló su país, dejando decenas de miles de muertos. No se le borraba de su mente aquella noche en la que un sobresalto, por una extraña fuerza invisible que hacía que la puerta de su habitación, se abriera y cerrara con fuerza, le despertó, Todo eso mientras sentía una fuerte vibración debajo de su cama, seguido de un ruido sordo, grave y constante. Se despertó pensando en quien pudiera estar dando esos portazos en su habitación, dudando si no se trataría de otra bronca de su padre hacia su madre, que un día si  y uno no, solía escuchar. En los segundos que siguieron al tiempo que sentía la fuerte vibración escuchaba como si lanzaran cristales, parecía que muchos platos y vasos fueran estrellados con fuerza contra el suelo. 

           Revoloteaban en su memoria las vivencias de aquella larga noche de febrero. Como tuvieron que pasar el resto de la noche a la intemperie, siendo testigo de una imagen que jamás se borrará de su mente: las calles de su zona se movían en las replicas y formaban una especie de oleaje en el asfalto, algunas se abrían y rajaban delante de su vista. Viendo como muchos edificios colindantes a su casa se derrumbaban estrepitosamente. Otros habían quedaban aplastados, inclinados y derruidos con cientos de personas gritando por auxilio. 



Ahora se preguntaba si habría pasado algo parecido en esta gran ciudad llena de edificios altos, y preguntándose si este en el que estaban resistiría una embestida como la sufrida en su país. Pidió a Magali que le enseñara las fotos que sus amigas le habían mandado poco antes de quedarse sin línea, en realidad no había mucho que ver, algunas mostraban paredes agrietadas, calles con socavones y un puente caído, pero no se mostraban los efectos en los edificios, hasta cierto grado eso le tranquilizaba. 

            Pero también le angustiaba no poder ser testigo presencial, como cuando siendo niño, pudo pasearse por las zonas más afectadas y contemplar el resultado de aquella catástrofe natural, sin que nadie le pidiera cuentas o le indicara que hiciera algo. Su innata e infantil curiosidad le llevó a colarse entre las muchedumbres que rodeaban los muertos aplastados, brazos y piernas que sobresalían de entre los escombros en los que se convirtió gran parte de su ciudad, fuegos aquí y allá, gente corriendo, gritos de auxilio, niños empolvado llorando, por no encontrar a su padres. Eran cosas que nunca lograría borrar de su mente. Y esa sensación era algo superior a él, que le hizo heredad una enfermiza curiosidad por ver catástrofes, ruinas, casas demolidas. Amante del cine trágico, tal vez residuos mentales por sentirse culpable de haber salido ileso y sin ninguna pérdida material, mientras sus compañeros de escuela habían perdido todo, algunos habían muerto, muchos otros perdieron hasta las aulas donde estudiaban, acabando en unas prefabricadas que el gobierno colocó. Él se sentía hasta cierto grado avergonzado de vivir en una “zona rica” de la ciudad, en una urbanización privada, donde vivía con su familia, rodeados de gente adinerada, sin amigos entre los niños del barrio que iban a caros colegios de pago. Él estudiaba entre gente pobre, en una escuela pública, sus padres no podían costearle los estudios en otro colegio, pues aunque vivían en esa urbanización, eran de clase media baja, la casa fue herencia de su padre adoptivo, pero al que su sueldo no le permitía muchos gastos extras. La añoranza por la tranquilidad de la que disfrutaba en aquella casa, le hace pensar en que tal vez tuviese que volver algún día.

Pero entonces, algo inesperado le devuelve a la realidad...

(Continuará)

             

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